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Por: Tommy Tanney y David Cape Jesús hacía su más importante trabajo mientras se sentaba a los pies de las personas y compartía una comida. Él no tuvo una oficina dorada en el piso 77 de un edificio comercial de Jerusalén; y hasta donde sepamos, no tuvo escritorio, ni secretaria o casa propia. Él tendía a conducir muchos de sus asuntos de familia alrededor de la mesa de comer. Una vez sus doce discípulos vinieron a cenar y, aunque se acordaron de dejar sus sandalias fuera, traían suficiente polvo del camino y suciedad. El Señor Jesús debe de haber observado dos problemas relacionados más: parecía que allí no había ningún sirviente disponible para realizar el lavatorio de pies; y ninguno de los discípulos parecía estar dispuesto a tomar una iniciativa desinteresada.
Eso significó que Jesús fue confrontado por la dualidad de los problemas de la contaminación de corazones por orgullo y la de los pies-sucios en una de las noches más importantes de su ministerio. Alguien tendría que hacer algo para restaurar una atmósfera apropiada en ese lugar. Desde la perspectiva del Señor, la solución era sencilla. Limpiaría ambas suciedades de inmediato por medio del poder del servicio: Él se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Pedro que había reconocido la deidad de Jesús antes que ningún otro del grupo, sencillamente no podía entender cómo el Hijo de Dios pudiera haber descendido a un nivel tan bajo hasta el punto de lavar los pies delo discípulos. El discípulo más locuaz decidió volver a poner de nuevo amablemente a Jesús en su lugar. Le preguntó a Jesús si Él quería realmente lavarle los pies, en espera de que el Señor se diera cuenta de la indirecta. Cuando Jesús le dijo algo acerca de entender después, Pedro tomó la ruta directa por la que más se le conocía: “Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”. El poder secreto de la toalla: el secreto de la verdadera autoridad en la tierra a pesar de ser tan mal entendido como lo es una toalla y no una espada. Debe llegar a ser nuestra arma primordial predilecta contra los enemigos terrenales según reservamos la espada para usarla contra los principados y poderes terrenales que operan a través de las personas. Jesús nunca atacó a los individuos; Él trató directamente con el poder detrás de ellos. Cuando Jesús le dijo a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mirada en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” Él miró más allá a Pedro y se dirigió a la verdadera fuente motivadora. Jesús esgrimió la espada de Dios rápidamente contra la mentira de Satanás, pero no le hizo daño a Pedro. Jesús nunca reprendía al pecador, pero era rápido y cortante cuando se trataba del espíritu de hipocresía que opera a través de las personas religiosas. Él estaba presto a reprender las acciones de los religiosos farisaicos, mientras que nosotros somos raudos a reprender a los pecadores. Es importante que hagamos esa distinción. Las personas nos son nuestras enemigas; Dios nos envió a servir a las personas así como nuestro Señor nos sirvió a nosotros. La toalla es el símbolo de nuestro Salvador en la tierra, “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). El Hijo de Dios se ciñó una toalla, les lavó los pies a sus discípulos y se convirtió en siervo de todos. Ese es nuestro modelo y la fuente de verdadera grandeza. Si nuestro Señor echó mano de la toalla, quizás sea hora de que hagamos lo mismo. Debemos hacernos siervos a fin de suplir las necesidades de los que nos rodean. Añadir a favoritos (8) | Visitas: 113
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